Ingobernabilidad y municipio fallido

Hay ciudades que colapsan por catástrofes naturales. Otras, por crisis económicas. Y están las que se paralizan por algo más grave: la incapacidad de quienes gobiernan para escuchar, dialogar y resolver. Puerto Vallarta hoy camina peligrosamente por esta última ruta.

Por Osvaldo Granados
Hay ciudades que colapsan por catástrofes naturales. Otras, por crisis económicas. Y están las que se paralizan por algo más grave: la incapacidad de quienes gobiernan para escuchar, dialogar y resolver. Puerto Vallarta hoy camina peligrosamente por esta última ruta.
Las manifestaciones y bloqueos que se han vuelto parte del paisaje urbano no son hechos aislados ni casuales. Son el síntoma más evidente de un gobierno que perdió el control político y social del municipio. Calles cerradas, avenidas colapsadas, ciudadanos desesperados y una ciudad rehén de conflictos que nadie sabe —o quiere— resolver. En la historia reciente de Vallarta no hay registro de un nivel de protesta social tan constante, tan extendido y tan disruptivo.
Aquí no se trata de si una causa es justa o no. El punto de fondo es otro: cuando los conflictos escalan al bloqueo sistemático de la ciudad es porque fallaron todas las instancias previas. Falló el diálogo. Falló la comunicación. Falló la política entendida como el arte de construir acuerdos. Y cuando eso ocurre, lo que emerge es la ingobernabilidad.
De nada ha servido la tan presumida “reingeniería administrativa”. En los hechos, no mejoró la atención ciudadana ni agilizó la toma de decisiones. Tampoco fortaleció la capacidad de respuesta del gobierno. Fue, como muchas otras cosas, más discurso que resultados.
El llamado “gobierno del bien” se quedó en eslogan. El “puerto que renace” no pasa de ser una frase hueca que contrasta brutalmente con la realidad cotidiana: servicios colapsados, conflictos sociales sin cauce institucional y una autoridad municipal que reacciona tarde, mal o simplemente no reacciona.
Un municipio funcional no permite que los problemas crezcan hasta estallar en la calle. Un gobierno competente no se esconde detrás de comunicados ni se limita a administrar crisis. Sale a enfrentarlas, escucha, negocia y resuelve. Aquí, en cambio, la constante ha sido la improvisación y la soberbia: creer que se puede gobernar sin diálogo y que la narrativa basta para sustituir a los resultados.
Puerto Vallarta hoy muestra rasgos claros de un municipio fallido. No porque falten recursos, talento o potencial, sino porque sobra incapacidad política. La protesta permanente es el reflejo de una administración que perdió interlocución con la sociedad y que no supo —o no quiso— construir puentes antes de que se levantaran barricadas.
Gobernar no es posar para la foto ni acuñar frases bonitas. Gobernar es resolver problemas. Y cuando una ciudad vive bloqueada, física y socialmente, el mensaje es contundente: el gobierno no está funcionando.
Las calles hablan. Y lo que hoy dicen de Puerto Vallarta no es precisamente un relato de renacimiento, sino de abandono político y de una autoridad rebasada por su propia ineficacia.
